El Mundo es un Diamante
Manolo Hernández Douen Cada uno de los cuatro principales campeonatos del béisbol profesional invernal en Latinoamérica se juega con enorme fervor, intensidad, pasión y competitividad desde el propio inicio del certamen hasta el instante en el que se registra el out final. Un pelotero contratado para reforzar una novena en México, Puerto Rico, República Dominicana [...]
Manolo Hernández Douen
Cada uno de los cuatro principales campeonatos del béisbol profesional invernal en Latinoamérica se juega con enorme fervor, intensidad, pasión y competitividad desde el propio inicio del certamen hasta el instante en el que se registra el out final.
Un pelotero contratado para reforzar una novena en México, Puerto Rico, República Dominicana o Venezuela que experimente una arrancada discreta es usualmente despedido con la velocidad de un rayo, llámese quien se llame. La presión para ganar es enorme, muchísimo más de la que existe en las ligas menores de los Estados Unidos, donde el propósito no es triunfar a toda costa sino formar o foguear jugadores que puedan ser útiles en las Grandes Ligas.
Por eso es tan satisfactorio para cada una de esas franquicias latinoamericanas clasificar a los respectivos playoffs. Y por eso es mucho más placentero ganar un campeonato a ese nivel. Es el premio al esfuerzo desplegado de octubre a enero, el regalo a una fanaticada que espera todo el año para ser testigo de su propia versión de la meca del béisbol luego de haber visto por televisión, escuchado por la radio o leído en los diarios o la Internet lo que hacen sus jugadores favoritos en la Gran Carpa.
El desenlace de cada campeonato invernal, el esplendoroso mar en el que desembocan esos ríos de pasión en el diamante, la gran fiesta del béisbol latinoamericano, es nada más y nada menos que la Serie del Caribe, que en esta ocasión reúne a los Tigres del Licey, sus tocayos Tigres de Aragua, los Leones de Ponce y los Venados de Mazatlán, representantes de República Dominica, Venezuela, Puerto Rico y el anfitrión México, en ese orden, en la hospitalaria ciudad de Mexicali.
Cada uno de esos equipos ya cumplió con su propia fanaticada, pero la Serie del Caribe se convierte en la búsqueda del broche de oro que le dará derecho a un país completo a darse golpes de pecho como el rey de la región, como amo anual de la Pequeña Serie Mundial del Béisbol Latinoamericano, que es transmitida a los Estados Unidos por Spanish Béisbol Network en las voces de Danny Martínez, Rickie Ricardo y Bill “El Gringo Malo” Kulik.
Mientras cada novena trata de probar su fortaleza entre las líneas de cal, la fanaticada suele gozar en cada Serie del Caribe de un ambiente sabroso en las localidades del estadio, que comienza en cada jornada con la aglomeración fuera del parque de los que desean apertrecharse con recuerdos de su novena favorita o de un buen refrigerio, y prosigue adentro con el “duelo” musical entre las bandas o grupos que tratan de hacer prevalecer su propio ritmo.
Mientras los aficionados dominicanos bailan al son de un delicioso merengue, los boricuas sacan a florecer el calor de su plena, los venezolanos gozan con su salsa y los mexicanos se hacen sentir con sus mariachis, un silbido de admiración surca los aires cuando una hermosa dama contornea las caderas a su paso por las tribunas y la risa sale a flote cuando algún otroaficionado aparece disfrazado con indumentaria pintoresca o con la usanza de su respectivo equipo.
Nadie mete más ruido en las tribunas que la fanaticada mexicana, no solamente por las razones obvias de que es la anfitriona del evento sino porque los hinchas de la tierra de las enchiladas han demostrado a lo largo de la Serie del Caribe que para ellos este evento es siempre el motivo para una enorme fiesta, gane quien gane en el diamante.
A comienzos de la década de los años ’70, jugar contra México equivalía a una jornada relativamente fácil para su contrincante de turno en comparación a la dura batalla que disputaban entre sí los “caballos” del certamen. Ya no es así, porque México ha sido rey del Caribe en cinco ocasiones desde su debut en la competencia en 1971.
No importa que México sea el país con menos peloteros en las Grandes Ligas en comparación con la República Dominicana, Venezuela o Puerto Rico, naciones cuyos jugadores florecen por doquiera entre los 30 equipos de las Ligas Mayores. No importa que el plantel azteca no se caracterice por tener varias figuras conocidas en las diferentes naciones de la Cuenca del Caribe.
Para ganarle a la otrora Cenicienta es mejor acudir al diamante bien preparado, porque de lo contrario el riesgo es ser víctima del repertorio de algunos de esos lanzadores mexicanos que provienen de una liga bien diferente a sus opositoras en el sentido de que en su patria predominan los envíos rompientes o quebrados sobre la velocidad de la recta que impera en las naciones hermanas del Caribe. De paso, su ofensiva puede sorprender a las fieras. Un ejemplo es la victoria por 12-9 lograda sobre el Licey en la tercera jornada de la actual contienda.
Y es que estos Venados distan mucho de ser unos mansos ciervos que pudieran ser devorados por un par de feroces zarpazos de sus oponentes, porque en el corazón de su alineación aparece el pelotero de mayor jerarquía en la lid de Mexicali. Se trata de Adrián González, un hombre que brilla con luz propia en las Grandes Ligas y que en el 2008 conectó 36 jonrones e impulsó 119 carreras, además de ganarse el Guante de Oro como primera base de lujo de los Padres de San Diego.
El tremendo bateador zurdo sale a darlo todo en el diamante, como lo hicieran en el pasado otras grandes figuras de la pelota mexicana como el estelar tercera base Vinicio Castilla y el extraordinario serpentinero Fernando Valenzuela, quien en el primer partido de la Serie del Caribe de 1982 estuvo a punto de lanzar un partido sin hit ni carrera frente a Puerto Rico en Hermosillo.
González es uno de los outs más difíciles de la Liga Nacional. Si usted reta su poder lanzándole adentro, lo acribillará con una línea silbante entre los jardines central y derecho. Si trata de engañarlo con un envío afuera, más le vale ejecutarlo con precisión micrométrica porque de contrario le puede sacar la bola por el prado izquierdo. De paso, su hermano Edgar, compañero de equipo en San Diego, es tan buen bateador que complementa con Adrián en Mexicali uno de los duetos familiares más productivos de la historia de la serie.
Entretanto, los dos Tigres, Licey y Caracas, acudieron con enormes posibilidades de ganar el título, que sería el 18vo para una novena de la tierra del merengue o el séptimo para Venezuela pese a que la franquicia de Aragua nunca ha salido airosa en esta magna justa, aunque ha competido en la misma con figuras de enorme relieve como Rod Carew, siete veces monarcas de bateo de la Liga Americana y que fuera simultáneamente mánager y jugador de los Tigres, o el extraordinario paracorto David Concepción, quien algún día no muy lejano acompañará al citado ídolo panameño en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas.
El Licey, cuyos 10 campeonatos alcanzados son la máxima cantidad de franquicia alguna en la Serie del Caribe, habría sido un favorito enorme de no sufrir las bajas de casi toda la rotación con la que ganó su vigésimo título dominicano, pero aunque ya no cuenta con lanzadores de la talla de Ervin Santana (Angelinos de Los Angeles en Anaheim), Ubaldo Jiménez (Rockies de Colorado) y Daniel Cabrera (Nacionales de Washington), ni el cerrador Carlos Mármol (Cachorros de Chicago), presentó una alineación que mete miedo desde su terna inicial formada por los hermanos Erick (Angelinos) y Willy Aybar (Rays de Tampa Bay) y por Anderson Hernández (Nacionales), el hombre cuyo hit de oro en el duodécimo episodio le dio la corona quisqueyana a los Tigres sobre los Gigantes del Cibao.
Aragua demostró tener el corazón del tamaño de un templo al venir de abajo ante los temibles Leones del Caracas en el propio Estadio Universitario de la capital venezolana, pese a que acudió a los dos partidos finales con la serie favorable 3-2 a los melenudos.
La base de Aragua en Venezuela fue la entrega de peloteros que van dándose a conocer en las Ligas Mayores, como el torpedero Ronnie Cedeño (Marineros de Seattle) el jardinero Alex Romero (Diamondbacks de Arizona), el intermedista Luis Maza (Dodgers de Los Angeles), y el antesalista Matt Tolbert (Mellizos de Minnesota), y aún cuando no pudo contar con varios de ellos en Mexicali se las ingenió para salir airoso en sus tres partidos de la primera ronda con un pitcheo sólido liderado por Brad Knox, un refuerzo del Caracas que lanzó 6.1 episodios sin hit ni carrera en el juego inaugural del evento.
Por su parte, los Leones boricuas, dirigidos al éxito por Eduardo Pérez en su debut como piloto, sufrieron la baja de baluartes como el lanzador Javier Vázquez (Bravos de Atlanta) y el legendario receptor Iván Rodríguez, ganador de 13 Guantes de Oro en las Ligas Mayores. Acudieron a México con peloteros hambrientos de triunfo como lo son Andy González y Jorge Padilla, Jugador Más Valioso y campeón de bateo de la liga boricua, respectivamente. Pero la novena que disfrutó de una envidiable marca de 27-15 en la ronda regular de su país sucumbió en sus primeros tres juegos en Mexicali.
¿Quién ganará? Eso solamente se va a definir en el diamante, pero en realidad ya triunfaron todos. Los cuatro son campeones y su calidad es gozada por una fanaticada que es anfitriona por primera vez de una hermosa fiesta en Mexicali.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.



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