Con honor se va La Cenicienta
Sólo Sudáfrica, China, Taipei e Italia lucían más débiles sobre el papel
Si la lógica imperase siempre en el terreno, los peloteros del equipo de Holanda solamente hubieran participado en dos partidos en el segundo Clásico Mundial. Terminaron jugando seis para dejar estupefacto al planeta beisbolero.
De hecho, si se tratase de una comparación hombre por hombre es muy factible que la novena dirigida por Rod Delmonico hubiera sido conceptuada como la duodécima del torneo. Sólo Sudáfrica, China, Taipei e Italia lucían más débiles sobre el papel.
Y eso es ya bastante decir, porque ninguna de esas cuatro naciones es ni remotamente una potencia en el deporte de los bates y las pelotas.Pero estos tulipanes, eliminados hace pocas horas por una selección de Estados Unidos repleta de figuras de la Gran Carpa, fueron el claro ejemplo de que los juegos no se deciden en el papel, sino en el diamante y la prueba contundente de que en el béisbol no hay enemigo pequeño Con un plantel integrado por algunos peloteros que tienen más pasado que futuro, otros cuyo porvenir luce más sonriente que el presente y varios que nunca recibieron la oportunidad de ni siquiera soñar con el Béisbol de Lujo, La Cenicienta se hizo respetar en el Clásico Mundial.
Mientras el mundo del béisbol observaba estupefacto, pensando que de un momento a otro se le caería el otro zapato al escuadrón formado por jugadores de Holanda y sus Antillas Aruba y Curazao, el equipo que en una ocasión fuera dirigido por Davey Johnson, hoy piloto de los Estados Unidos, vendió muy cara su derrota. Por eso merece el reconocimiento del resto del universo deportivo.
La lógica hacía presagiar que Holanda debió ser víctima de una paliza tras otra, pero el escuadrón de un país famoso más bien por la magia de su fútbol acudió por derecho propio a la segunda ronda luego de dejar en el camino a la República Dominicana y de luchar a brazo partido con Puerto Rico.
Por si fuera poco, en el comienzo de la segunda fase, que se disputa actualmente en Miami, obligó a Venezuela a jugar su mejor béisbol en un cotejo bien cerrado. Aunque prácticamente fue inofensiva con el madero, al punto de que solamente bateó un jonrón en toda la contienda –conectado por Bryan Engelhardt cuando su plantel estaba abajo en el marcador por 8-1 a manos de EEUU- Holanda probó que una novena que combine pitcheo y defensa siempre será enemiga en series cortas.Y es que Holanda hizo bien esas cosas pequeñas que son indispensables para rendir a lo grande.Cuando le hizo falta ejecutar la jugada clave en las postrimerías de su primer partido con la representación de la tierra del merengue, la logró a través de un receptor de las bajas menores de los Dodgers de Los Angeles, Kenley Jansen, quien tiene apenas tiene 20 años de edad, pero que exhibió un cañón en el brazo al liquidar en la tercera base a Willy Taveras, gacela que ha robado 168 bases en las cuatro campañas más recientes de las Ligas Mayores.
Cuando requirió del batazo importante, con la República Dominicana adelante por una carrera en el cierre de la undécima entrada del segundo desafío entre ambas escuadras, surgió Sidney de Jong para pegarle un doblete a Carlos Mármol, principal candidato a ser el taponero de los Cachorros de Chicago.De Jong, quien hace 13 años fue el mejor juvenil de Holanda y que ha sido campeón europeo con los tulipanes en cuatro ocasiones, demostró así que nadie es un out automático aunque juegue en una liga cuyo nivel ni siquiera puede compararse con la Doble “A” de los Estados Unidos.
De Jong, quien a lo mejor devenga en su patria por una temporada menos de lo que muchos peloteros de las Ligas Mayores obtienen por un turno, promedió .500 en el segundo Clásico Mundial.No conforme con esos partidos de antología ante la República Dominicana, Holanda mantuvo a Puerto Rico sudando frío en su propia casa con una ventaja de 1-0 hasta el octavo episodio. De no ser por el bate mágico de Yadier Molina, quien produjo un doblete impulsor de dos carreras a la hora buena, quizás el elenco del Reino de Holanda hubiera dejado con los ojos claros y sin vista a la misma divisa que menos de una semana más tarde le metería un tremendo nocáut por 11-1 a los Estados Unidos.
El único partido en el que Holanda lució sin chance en la primera ronda fue en aquel revés por 5-0 sufrido ante Puerto Rico en su segundo enfrentamiento cuando ya los dos equipos estaban clasificados. Y para el momento de iniciarse ese encuentro su cuerpo de pitcheo tenía una efectividad de 0.63, prueba de los estragos que había causado ante sus oponentes.Frente a Venezuela, volvió a surgir ese pitcheo hermético que no moja, pero empapa, caracterizado por lanzadores que a falta de velocidad acudían a la loma armados con astucia y con ella engañaron a menudo a bateadores que suelen acribillar a los mejores serpentineros del planeta. La poderosa vinotinto apenas pudo conectar tres imparables ante la novena de los Países Bajos.
Mientras tanto, Bert Blyleven, quien se caracterizó por tirar una de las mejores curvas de la historia y cuyas 287 victorias y 3,701 ponches –quinto total de abanicados de todos los tiempos en las Grandes Ligas- lo mantienen como candidato obvio al Salón de la Fama, se sonreía orgulloso de sus pupilos.Hizo falta que surgiera el enorme poder de Miguel Cabrera, quien bateó un cuadrangular tan kilométrico que de no haber dado la pelota en las desoladas tribunas del jardín izquierdo del Dolphin Stadium tal vez habría ido a parar al condado vecino, para que tirios y troyanos se dieran cuenta de que era una potencia beisbolera la que se enfrentaba a un humilde contrincante. Con todo y la fuerza de Cabrera, de un bambinazo de José Celestino López para ponerle el marcador definitivo de 3-1 al juego, y de un rescate de cuatro outs de Francisco Rodríguez, quien viene de implantar una fabulosa marca de 62 juegos salvados en una sola temporada en las Grandes Ligas, Venezuela pasó un susto de película, que pudo ser mayor si no le matan a Holanda a un corredor en el plato en la propia primera entrada.
Al final, sí se produjo el desenlace esperado. Holanda cayó doblegado frente a los Estados Unidos por 9-3, pero sus peloteros tienen muchas razones para irse a casa con la frente en alto. Hasta se dieron un banquete al pegarle 12 imparables al pitcheo de la Tierra del Tío Sam en su partido final. ¿Cómo se produce este milagro? Se puede plantear toda una serie de razones para definir el éxito de Holanda en el Clásico Mundial, pero debe quedar claro que no fue fruto de la casualidad, ni de que sus rivales no estuvieran a la altura. Hay que darle crédito al que así lo merece.
Al César lo que es del César. Quizás es porque muchos de estos peloteros ya venían jugando juntos por muchos años y porque se prepararon muy bien en conjunto. Holanda tiene beisbolistas que han recibido muchas tablas de tantas potencias en eventos internacionales que ya les faltan dedos para contarlas, y algo tienen que haber aprendido de todas esas palizas recibidas. Uno de sus lanzadores, Robbie Cordemanns, cuenta con tanta experiencia que ha competido hasta en cuatro Juegos Olímpicos.
A lo mejor era porque algunos de sus veteranos clave querían probar que les queda en el tanque un extra de gasolina, como el caso de Sidney Ponson, abridor controversial que de haber sido más disciplinado quizás hubiera sido una estrella, pero que ante República Dominicana y Venezuela probó que por algo conquistó 17 victorias en el 2003 de manera combinada entre los Orioles de Baltimore y los Gigantes de San Francisco. A lo mejor la clave fue la labor de Delmonico, quien no es famoso a nivel profesional, pero que redondeó una marca de 699-396 como el mejor coach de los anales de los Voluntarios de Tennessee, elenco al que llevó tres veces a la Serie Mundial del Béisbol Universitario de los Estados Unidos. Delmonico puso a practicar a Holanda dos veces por día para que sus jugadores acudieran a la lid en su mejor condición física posible y con la disposición mental de matar o morir.
Mucho del crédito lo merece Blyleven, quien puso a sus lanzadores a creer en sí mismos y les enseñó a usar sus humildes armas en los momentos de apuro para sorprender a bateadores acostumbrados a comerse vivos a sus oponentes, como el boricua Iván Rodríguez, a quien poncharon dos veces en un partido, o el poderoso venezolano Bobby Abreu, quien con toda la pericia que le caracteriza para trabajar la cuenta no pudo salvarse de una curva milagrosa en cuenta de 3 y 2. Esos lanzadores de Blyleven fueron como aquellos 300 espartanos que contuvieron al ejército de cientos de miles de persas en el Paso de las Termópilas. Al final, todos murieron, pero no sin antes demostrar que en el fragor de la batalla a veces más vale maña que fuerza. Y conste que Holanda no compitió con su mejor pitcher. Se trata del curazoleño Jair Jurrjens, quien ganó 13 partidos en su temporada de novato en el 2008 y que es una de las cartas firmes para el 2009 en la rotación de Bobby Cox, experimentado dirigente de los Bravos de Atlanta. Al caer La Naranja Mecánica del béisbol, solamente queda el recuerdo de su sorprendente faena, pero gracias al fruto de ese esfuerzo de veteranos y promesas, de desahuciados y desconocidos, quizás algún que otro niño amante del fútbol, hockey o básquetbol comience a hacer un mejor uso de aquel batecito recibido como un regalo de Navidad.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


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