El Mundo es un Diamante
Conceptuado como uno de los mejores receptores de la historia del béisbol, Pudge aspira a extender su trayectoria de lujo en las Grandes Ligas
Pudge merece un Broche de Oro.
Iván Rodríguez ya ha sumado méritos de sobra para convertirse en inquilino de altos quilates en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas en su primera oportunidad de elegibilidad -cinco años después de retirarse-, pero todavía desea saborear un poco más del dulce elíxir de la gloria antes de decir adiós.
Y la verdad es que lo merece, por una gran carrera jugada con pundonor y respeto, y por la calidad con la que aún se desempeña este maravilloso representante de la Isla del Encanto, cuyos 13 Guantes de Oro constituyen la máxima cantidad para un cátcher en los anales de la pelota por encima de los 10 conquistados por el fabuloso Johnny Bench, súper careta de La Gran Maquinaria Roja de Cincinnati.
Conceptuado como uno de los mejores receptores de la historia del béisbol, Pudge aspira a extender su trayectoria de lujo en las Grandes Ligas luego de dividir el 2008 entre los Tigres de Detroit y los Yankees de Nueva York, y cuenta con las condiciones necesarias de calidad, agresividad y competitividad para ayudar a ganarse el puesto a los playoffs a la novena que le brinde esa oportunidad de seguir en acción.
“Mi meta es mantenerme saludable para seguir jugando hasta que pueda seguir haciéndolo”, suele indicar Rodríguez, un caballo de batalla en una de las posiciones más exigentes de la pelota. “No juego por el dinero, sino porque me gusta”.
Esa pasión, ese deseo por mantenerse en la cumbre de su profesión, por ayudar a su equipo de turno a ganar, le han permitido ser uno de los enmascarados más renombrados de la pelota profesional. Por eso era extraño que siguiera sin empleo para el momento de iniciarse la segunda semana del mes de marzo.
Aunque su porcentaje de bateo de .219 con los Bombarderos del Bronx no estuvo a la altura de lo que acostumbra lograr con el madero, no hay que olvidar que había conectado para .295 en sus primeros 302 turnos de la campaña del 2008 con los felinos rayados, y ha demostrado en las temporadas más recientes que mantiene un nivel de juego muy por encima del aporte promedio de sus colegas.
Rodríguez viene de encabezar a todos los receptores titulares de la Liga Americana en asistencias (58), indicativo de que su certero brazo todavía hace estragos entre los corredores y su porcentaje de fildeo (.993) apenas fue superado por cuatro de sus colegas entre todos los receptores con 100 ó más juegos iniciados en esa exigente posición en el Joven Circuito.
Apenas una temporada antes, conquistó su 13er Guante de Oro y fue seleccionado por 14ta ocasión al Juego de las Estrellas, dos méritos de una fabulosa carrera que incluye el título de Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1999. En otras palabras, el que se atreva a decir que su calidad ha ido en picada estará bien alejado de la realidad.
Sin duda alguna, empero, uno de sus tesoros preferidos es el anillo que conquistó como integrante de los campeones de la Serie Mundial del 2003, los Marlins de la Florida. En aquella ocasión fue hombre clave en el avance de los peces a esa instancia al convertirse en el Jugador Más Valioso de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional.
El orgullo de Puerto Rico ha bateado sobre los .300 en nueve ocasiones diferentes, incluyendo un fabuloso tope personal de .347 en el 2000 con los Rangers de Texas. Su combinación de poder y velocidad, esta última una virtud poco común entre los receptores, le permitió disparar 35 jonrones y robar 25 almohadillas en 1999, cuando también se dio el lujo de superar el centenar tanto en carreras anotadas (116) como en impulsadas (113).
Perseverancia y profesionalidad son cualidades innatas en Rodríguez, que sufrió una lesión tras otra entre el 2000 y el 2002, circunstancia que pudo ser desmoralizante para cualquier otro pelotero veterano, pero el boricua supo levantarse de la lona, cada vez con renovados bríos, para demostrar que es uno de esos tipos que no se rinden, y que no van para atrás ni para coger impulso.
Por ejemplo, en el 2000, cuando iba embalado a la corona de bateo con un vigoroso .347 en 91 juegos, se fracturó el pulgar derecho por recibir de lleno un swing de Mo Vaughn, poderoso artillero de los entonces llamados Angelinos de Anaheim. Ese percance lo sacó del resto de la temporada.
Ni corto ni perezoso, volvió a su nivel acostumbrado de rendimiento en el 2001 y bateaba .308 cuando se lesionó la rodilla izquierda y se perdió el mes final de la contienda. Para colmo de males, quedó fuera de acción por dos meses en el 2002 debido a una lesión en la espalda y aún así logró un porcentaje de bateo de .314 y 19 cuadrangulares en 408 turnos, en lo que fuera su justa final con Texas.
Cuando parecía que se quedaba en el aire con miras a la temporada del 2003, los Marlins le abrieron sus puertas al firmarlo el 28 de enero, cuando ya la novena hacía maletas para reportarse a su campamento de entrenamientos, e Iván respondió al reverdecer laureles para llevarlos a la segunda corona absoluta en la historia de esa franquicia floridana.
¿Corazón? ¿Confianza? Si alguien acaso dudaba de que le late algo dentro del pecho, el ya legendario receptor registró el out final de la Serie de Campeonato del 2003 al bloquearle espectacularmente el camino al plato a J.T. Snow, de los Gigantes de San Francisco. Quizás otro cátcher hubiera sido masacrado a mansalva, pero al disiparse la polvareda después del bestial encontronazo era Pudge el que mantenía la blanca fruta en su mano derecha, mientras enloquecía la fanaticada en la Capital del Sol.
Ese corazón no se puede medir en cifras, ni se puede comprar a ningún precio. Y muchos aficionados querrán ver en acción a esta gloria latinoamericana que juega la pelota a sus 37 años de edad como lo haría un emocionado niño al ir al estadio con su papá por primera vez.
Bateo inclemente, guante de lujo, brazo de oro, numeritos fantásticos. Véalo usted como lo vea, la estrella de la Isla del Encanto ha sido uno de los peloteros latinoamericanos más brillantes de todos los tiempos y ciertamente un jugador que ama colocarse la franela de su patria contra viento y marea.
Integró aquel Equipo del Ensueño que le brindó a Puerto Rico la Serie del Caribe de 1995, alineó con los Criollos de Caguas al reaparecer el campeonato puertorriqueño para la lid 2008-09, ayudó como refuerzo a los Leones de Ponce a ganar el gallardete bajo las órdenes de Eduardo Pérez y en estos momentos disfruta de lo lindo de su participación en el II Clásico Mundial.
Precisamente demostró que se encuentra en impecables condiciones para jugar a la pelota y que su bateo todavía puede causar estragos entre los lanzadores rivales al conectar de 4-4, con dos jonrones, un doble y cuatro carreras impulsadas en el primer partido de Puerto Rico, ante Panamá, que ciertamente se convirtió en una magnífica vitrina para él con miras a una posible contratación.
No obstante, algunos de los aspectos más valiosos que aporta Rodríguez a su equipo son aquellos intangibles que no se pueden ver en los libros de récords ni en las carpetas de estadísticas.
Por ejemplo, su capacidad para guiar el cuerpo de pitcheo a su cargo multiplican el valor de Rodríguez, quien hizo un trabajo de antología con los brazos de los Marlins en aquella temporada de campeonato en el 2003 y con los serpentineros de los Tigres en su avance a la Serie Mundial del 2006.
Testimonio de la manera como Rodríguez le inyecta su garra a los lanzadores es el comentario que de él hizo Chad Fox, un relevista que resucitó su carrera en aquel maravilloso año de los Marlins.
“Algunas veces, cuando dudo de mí mismo en la lomita, me basta con ver la reacción de Pudge”, declaró en su debida oportunidad Fox. “Con una sola mirada, es como si me estuviera ‘gritando’ que sea agresivo, que vaya para adelante. El me da ánimo, me llena de confianza”.
Obviamente, a estas alturas de su carrera, el Clásico de Octubre tiene que estar en la cumbre de su preferencia y por eso lo más seguro es que la novena que lo firme será precisamente un equipo que esté en condiciones de meterse en el fragor de la batalla por ir a los playoffs.
“Odio la derrota”, es el credo de Rodríguez. “Es difícil para mí jugar con un equipo que pierda consistentemente. Ganar es lo mío”.
Tiempo de juego no es lo importante. Quizás no se requieran sus servicios para ser un titular, pero puede usted estar seguro de que ayudará de mil formas al equipo que le brinde un voto de confianza.
Por lo pronto, un retorno a los Marlins no está totalmente descartado y la posibilidad de que vuelva a Nueva York, esta vez con el uniforme de los Mets, está también en el horizonte, pero todos esos comentarios se mantendrán en el marco de las especulaciones hasta que se confirme su contratación.
Juegue con quien juegue, demostrará que es un hombre que marca diferencias dentro y fuera del diamante. Y probará que es uno de esos pocos atletas que no se quitarán el uniforme mientras que sean iluminados por esa garra, ese amor, esa pasión por el juego que siempre lo han caracterizado.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


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