El Mundo es un Diamante: eterna rivalidad, fogosa pasión
No era odio contra el personaje, ni rabia por la forma como caminaba lentamente hacia el plato
Aquel famoso bateador del equipo visitante ni siquiera había llegado al plato cuando ya comenzaba a sentirse la reacción de la fanaticada.
Un contundente y prolongado “booooooo” emitido por el monstruo de las mil gargantas se dejó escuchar desde todos los rincones del estadio.
No era odio contra el personaje, ni rabia por la forma como caminaba lentamente hacia el plato, seguro de sí mismo, a paso lento, con la arrogancia de un atleta convencido de su capacidad para decidir el juego con un solo batazo.
Era más bien la reacción natural contra el uniforme que vestía dicho pelotero, porque la eterna rivalidad, la fogosa pasión, son elementos que de por sí le dan calor a la pelota.
Quizás la rivalidad que se ha acentuado más en las décadas recientes ha sido germinada por la furia feroz que generan los choques entre dos monstruos súper millonarios como lo son los Yankees de Nueva York y los Medias Rojas de Boston, los primeros ganadores de cuatro Series Mundiales en la década que terminó en el 2000 y los segundos reyes de las finales absolutas del 2004 y 2007.
Pero no se puede olvidar que los Dodgers de Los Angeles y los Gigantes de San Francisco arrastran una rivalidad de vida o muerte desde que compartían La Gran Manzana con los Yankees, ni que los Cachorros de Chicago y los Cardenales de San Luis mantienen un duelo perenne en el centro del país.
Nadie es más indicado para hablar de esas rivalidades que el legendario dirigente de los Dodgers, Joe Torre, quien también fuera mánager súper exitoso con los Yankees y pelotero estelar con los Cardenales, elenco cuyo timón también ha tenido la oportunidad de conducir.
“Creo que todo esto es bueno, porque el béisbol se trata de sus aficionados”, aseguró Torre, en la visita reciente de sus Dodgers a San Francisco para medirse a los Gigantes. “Con tal de que no tiren nada al terreno, ellos [los fanáticos] pueden hacer lo que quieran”.
Torre ha vivido en carne propia las rivalidades en el béisbol prácticamente desde que era un niño en etapa de crecimiento en la Babel de Hierro.
“Cuando tenía unos 12 años, odiaba a mis amigos que eran fanáticos de los Dodgers, porque yo era seguidor de los Gigantes”, rememoró Torre. “Por supuesto, la perspectiva que tengo ahora es diferente ahora, como adulto, a la que tenía cuando era niño”.
Aquellas batallas entre los Dodgers de Brooklyn y los Gigantes de Nueva York eran legendarias, al pelearse por el derecho de medirse a los Yankees en el Clásico de Octubre. Por un tiempo bastante largo, la pelota se decidía casi sin interrupción en algún parque de esa metrópoli que nunca duerme.
Los Gigantes gozaron de lo lindo cuando aquel cuadrangular de Bobby Thomson acribilló a los Dodgers en el célebre playoff extra de 1951, y la tropa blanquiazul, que era eternamente superada por los Bombarderos del Bronx en la finalísima beisbolera, celebró con una fiesta inolvidable cuando por fin le ganó la Serie Mundial a los Yankees en 1955.
En el caso de las rivalidades beisboleras, no importa si la batalla fuera por el primer puesto, por los magnos honores de la pelota o por no quedar de último. Duele en carne propia a cada fanático ser la víctima del equipo conceptuado como enemigo a muerte del suyo.
Y los propios peloteros viven en carne propia esta tremenda rivalidad. Por ejemplo, el estelar jardinero dominicano Manny Ramírez, actualmente con los Dodgers, es abucheado sin misericordia por la fanaticada en San Francisco, debido a la franela que ahora viste. Si hubiera firmado con los Gigantes, le hubieran esperado con ese mismo recibimiento plagado de rencor en la angelópolis.
Jugadores como Ramírez suelen reservar lo mejor de sí para enfrentar y superar en momentos de apremio a los equipos que son archirrivales del suyo, porque son competidores naturales que se agigantan cuando el público más se los exigen o más los repudian, según fuera el caso.
Curiosamente, Ramírez hizo pasar muchas noches en vela a Torre, cuando el primero martirizaba a los Yankees ataviado con el uniforme de los Medias Rojas. En cambio, actualmente es la bendición caída del Cielo para el experimentado dirigente que hasta le permite mantener su larga cabellera -algo que va contra las reglas que hacía cumplir rigurosamente en Nueva York- por el respeto enorme que le tiene a su jardinero izquierdo por su profesionalidad en el cajón de bateo y su seriedad para prepararse.
“Los peloteros se crecen en medio de la histeria [o excitación de la fanaticada]“, manifestó Torre. “Lo más alta sea la reacción del público, lo mejor que se desenvuelven los jugadores. Y un beisbolista no necesita mucho tiempo para formar parte de la rivalidad, una vez se pone el uniforme [de uno de estos equipos]“.
En la mayoría de los casos, la fanaticada no le perdona a un pelotero que haya sido un baluarte de su equipo favorito por haberse pasado al bando contrario. Ese fue el caso de Jeff Kent, uno de los intermedistas más productivos de la historia a la ofensiva, que era consentido en San Francisco como integrante de los Gigantes hasta el momento que se le ocurrió terminar su carrera con los Dodgers. De allí en adelante, se convirtió en persona no grata para la fanaticada de la Bahía.
Dicen que Jackie Robinson, gloria de los Dodgers, prefirió retirarse prematuramente antes que aceptar un canje a los Gigantes. Y un fanático de los Yankees era capaz de matar si le insistían que Ted Williams, el formidable artillero de los Medias Rojas, era mejor que el Yankee Clipper, Joe DiMaggio.
¡Qué sabroso es para un aficionado de los Medias Rojas que Boston pueda barrerle una serie en el Fenway Park a los Yankees, algo que ocurrió en la aurora de esta misma temporada! Por cierto, ¿de dónde salen todas esas escobas que aparecen de repente por las tribunas de ese parque?
¡Qué delicioso es para los seguidores de los Dodgers o Gigantes clavarle una estocada mortal a su oponente en el último juego de la temporada para eliminarlo de los playoffs, lo cual ha ocurrido muchísimas veces, aun cuando esa victoria no significase nada para su propio equipo!
El dominicano Albert Pujols le da palos a todo el mundo, pero duelen mucho más a los seguidores de los Cachorros cuando los conecta en el Wrigley Field. Y cuando el dominicano Sammy Sosa se metió en aquella tremenda batalla por el título de los jonroneros con Mark McGwire en 1998, el duelo cobró una mayor vida por pertenecer esos jugadores a divisas con una enorme tradición como rivales.
Y así sucesivamente.
Porque sin las rivalidades ni las pasiones la pelota pierde gran parte de su encanto. Las emociones son parte vital de este gran deporte y una razón fundamental por la cual los viejos sufren y los niños lloran cuando cae su novena favorita a casa llena a manos de su odiado rival.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


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