El Mundo Es Un Diamante: Los Umpires Necesitan La Ayuda Urgente De La Tecnología
La Serie Divisional entre Mellizos y Yankees de Nueva York. Ya no se puede correr más el riesgo de que los playoffs sean ensombrecidos por las decisiones de los hombres de azul en el diamante de juego.
Los Mellizos de Minnesota nunca podrán asegurar que fueron eliminados por culpa de los umpires. Sus propias equivocaciones al correr las bases se encargaron de eso.
Pero una cosa quedó en evidencia a lo largo de la Serie Divisional entre Mellizos y Yankees de Nueva York. Ya no se puede correr más el riesgo de que los playoffs sean ensombrecidos por las decisiones de los hombres de azul en el diamante de juego.
Esa jugada en la que el umpire del jardín izquierdo, Phil Cuzzi, cantó un foul en lo que debió ser un doblete de Joe Mauer en las postrimerías del cerrado segundo partido de la Serie Divisional en el Yankee Stadium, debe ser tomada como una clarinada, una advertencia para el futuro.
“Hay un tipo en el cuarto de los umpires que se siente horriblemente en los actuales momentos”, declaró a la prensa nacional el jefe del cuerpo de árbitros que trabajó aquella noche en La Gran Manzana, Tim Tschida, reconociendo lo que ya había visto el mundo entero.
Y si era tan obvio que el batazo era bueno a través de la repetición por televisión, la pregunta es inmediata: ¿Por qué no poner el servicio esa misma tecnología al auxilio de la exactitud?
Mucha gente respondería quizás que el uso de semejante recurso sería un sacrilegio en contra de la rica tradición del béisbol, un punto de vista que se aprecia y se respeta.
Pero ¿acaso es más importante permitir que de vez en cuando una horrible decisión sea más determinante que los propios protagonistas de un partido, los peloteros, en detrimento de un justo desenlace?
Sería muy fácil hacer leña del árbol caído al culpar totalmente al citado umpire por lo que pasó, pero aunque el error sea humano debe utilizarse toda medida posible para reducir las posibilidades de una futura y hasta peor equivocación.
Ya el béisbol ha tomado determinaciones que han cambiado la rica tradición de este apasionante juego y no ha sufrido lesiones graves por esas innovadoras decisiones.
Por ejemplo, es muy factible que algunos aficionados de mediados de siglo pasado se hubieran dado de cabezazos contra la pared si les hubieran hablado del bateador designado, temporadas con más de una ronda de playoff, el wild card, o Juegos de las Estrellas que determinen donde debe comenzar una Serie Mundial, pero esos cambios se produjeron y el béisbol sigue su curso tan fuerte como siempre.
De hecho, ya el béisbol le abrió sus brazos a la tecnología al implementar el uso de las repeticiones para decidir si es necesario cambiar una decisión a la hora de determinar si se bateó o no un jonrón. Y desde fines del 2008 se han revertido unas cuantas decisiones de los umpires, prueba inequívoca de que la tecnología sí puede ayudar a la pelota.
Ya los árbitros habían adoptado medidas que enriquecerían la calidad de su trabajo. En este sentido, no es raro ver que los umpires se reúnan en el propio diamante para auxiliarse unos a otros con el fin de tomar la decisión correcta en una jugada apretada. Eso de por sí es un cambio con relación a una era en la que un oficial no cambiaba su punto de vista ni que se estremeciera la tierra en pleno partido.
Si los propios árbitros ya aceptan esa postura más madura en el diamante y si ya se tomó el paso de buscar la ayuda de la televisión en el caso de los jonrones, no sería descabellado pedir que las repeticiones sean usadas para determinar todas las demás decisiones clave.
Decisiones horribles en las bases también han jugado un papel crucial en el curso de la historia beisbolera, como aquella famosa marfilada del árbitro Don Denkinger en el sexto cotejo de la Serie Mundial de 1985 al cantar “quieto” en la primera base al mexicano Jorge Orta, de los Reales de Kansas City, en lo que –según la TV- fue un out claro que de haberse decretado correctamente pudo haberle dado la victoria en la citada Serie Mundial a los Cardenales de San Luis.
A lo mejor sí sería un sacrilegio pedir que el conteo de las bolas y los strikes pueda ser alterado por una repetición. Ya se acepta que esas determinaciones sean tan sagradas que la sola salida al terreno de los dirigentes para reclamarlas implica la expulsión de dicho manager. Eso es relativamente nuevo en la historia beisbolera, pero así ha funcionado y así debe quedarse.
Y hay que reconocer que la labor de los árbitros en las bases o en los jardines es usualmente tan efectiva que rara vez se producen dos jugadas por encuentro en las que resulta obvio que el umpire se ha equivocado por cuestión de centímetros. En líneas generales, sí hacen un trabajo destacado, si se toma en cuenta que ellos tienen que cantar cada situación cuando se produce, en el calor del momento, sin la ayuda de una pantalla de televisión.
Por supuesto, hay que buscar la fórmula para que el uso de la televisión no se utilice de una manera exagerada o de lo contrario pudiera transformarse en una “guachafita”, palabra usada en algunas regiones de nuestra querida Latinoamérica para definir algo que ya perdió todo sentido de seriedad.
Si se determina de antemano que el dirigente de un equipo pueda exigir la ayuda de la tecnología por solamente un par de decisiones por juego -o que su equipo fuera penalizado de alguna manera por las protestas cuyos resultados no alterasen la visión original del umpire- se evitaría que a cada rato se tenga que acudir a la televisión.
Para todo aquel dirigente que abuse de ese privilegio se le puede privar del mismo para un siguiente juego si hubiera protestado injustificadamente en las dos ocasiones en las que haya pedido repetición.
Cualquier plan fresco sería bienvenido. De la tormenta de ideas que se produzca al respecto pudiera provenir como desenlace un béisbol más exacto, en el que los que decidan los partidos sean sus propios protagonistas.
Por lo menos hay que estudiar esta posibilidad o ponerla en práctica por algunas temporadas para ver si de esa manera se evita que los árbitros no vuelvan a quedar tan en evidencia como esa noche tan desafortunada de aquel segundo juego de la reciente Serie Divisional en el moderno Yankee Stadium.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


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