El Mundo Es Un Diamante: Halladay Ya Era Virtualmente Perfecto Mucho Antes De Su Proeza
Roy Halladay integra ese grupo selecto. Y la historia es fiel testigo de ello.
Pronosticar un partido perfecto es más difícil que ganarse la lotería sin jugarla. Después de todo, sólo se han producido 20 en toda la historia del Béisbol de Lujo.
Pero sí hay un racimo limitado de serpentineros capacitados para tirar una perla de buen pitcheo en un día determinado.
Roy Halladay integra ese grupo selecto. Y la historia es fiel testigo de ello.
Halladay, quien tiró el vigésimo juego perfecto de la historia y segundo en menos de un mes el pasado sábado en La Capital del Sol, Miami, ante 25,086 espectadores, ha venido coqueteando con la grandeza desde hace tiempo.
Por su enorme faena, ahora lo conoce mucho más gente por sus virtudes como pitcher de calidad, pero lo cierto del caso es que era antes del 2010 uno de los secretos mejor guardados del deporte de las bolas y los strikes.
¿La razón? Trabajaba para los Azulejos de Toronto, un equipo que ha pertenecido casi tradicionalmente a un segundo grupo de competidores en la dura División Este de la Liga Americana al quedar atrás la era en la que conquistó consecutivamente la Serie Mundial en 1992 y 1993.
Ganador del Cy Young en el 2003, es uno de esos tipos a la antigua, a los que le encanta terminar lo que comienzan en la lomita. Encabezó a la Liga Americana en juegos completos en cuatro de las cinco campañas más recientes. Sus 18 faenas de principio a fin entre el 2008 y el 2009 suman más que las logradas por equipos completos en ese lapso.
Histórico fue su encuentro 1-0 frente a los Marlins de la Florida, que se unió a la hazaña del zurdo Dallas Braden con los Atléticos de Oakland el 9 de mayo para que se redondeasen dos juegos perfectos en una sola temporada por primera vez desde 1880, pero ya Halladay había coqueteado en unas cuantas oportunidades con la inmortalidad.
De hecho, ya había tirado dos encuentros completos de un solo hit en Toronto.
En apenas su segunda apertura en las Ligas Mayores, a la tierna edad de 21 años en 1998, dejó en un hit a los Tigres de Detroit. Un cuadrangular solitario de Bobby Higginson le rompió la proeza con dos outs en el noveno inning.
Ya más veterano, dejó en un imparable a los poderosos Yankees de Nueva York –que a la postre ganaron su 27ma Serie Mundial- el pasado 4 de septiembre. En esa ocasión trabajó de manera perfecta los primeros cinco tramos y el único indiscutible tolerado en todo el encuentro fue un doblete del mexicano Ramiro Peña con un out en el sexto episodio.
¿Y por qué Halladay es un lanzador tan dominante y consistente? La respuesta es simple: por su talento y por su determinación.
Talento, porque en su tarea diaria por darle jaquecas a los bateadores es capaz de decidir entre cinco envíos letales: la recta que puede llegar al plato de 94 a 96 millas por hora, su cambio de velocidad, una sinker o recta de dos costuras, una curva y, por supuesto, su efectiva recta cortada.
Determinación, porque este nativo de Denver que cumplió 33 años de edad el 14 de mayo es uno de los serpentineros más apegados a una rutina de preparación que nunca termina. Tan pronto concluye la temporada, se toma un pequeño respiro y luego comienza a entrenar fuertemente con miras a la siguiente campaña.
Quizás recuerda aquella horrible justa del 2000 -cuando tuvo marca de 4-7 y efectividad para el olvido de 10.64- y la utilice como motivación para tratar de mejorar a diario.
Obviamente, el estar en gran forma le permite lanzar juegos completos a granel. Sus dirigentes de turno saben que nunca va a dar una excusa para salir de un partido, algo que contrasta en la era moderna en la que se considera una “apertura de calidad” aquella en la que un pitcher lanza seis episodios y permite tres carreras limpias o menos.
Para Halladay, trabajar seis innings es como para avergonzarse, mentalidad que tenían los abridores hasta los años ’60 y ’70.
Es así como al ganarse el respeto de tirios y troyanos, fue el pitcher de cabecera de Toronto por siete años consecutivos, era un sempiterno candidato al Cy Young y abrió el pasado Juego de las Estrellas.
El alto mando de los Filis estuvo tomando nota de todos esos atributos del derecho que necesitó de 115 lanzamientos y que ponchó a 11 adversarios al maniatar a los Marlins en su súper proeza.
La organización de Filadelfia ya contaba con un iniciador de lujo en el zurdo Cliff Lee, pero anticipaba que saldría mejor librado con un serpentinero de la talla de Halladay y lo obtuvo en un canje entre varios equipos que le salió bien costoso en materia prima ya que tuvo que desprenderse de joyas promisorias como el abridor Kyle Drabek, el jardinero Michael Taylor y el receptor Travis D’Arnaud.
Una vez obtuvieron sus servicios, el gerente general de los Filis, Rubén Amaro Jr., dio el siguiente paso: asegurar a Halladay, quien ya tenía un contrato firmado hasta fines del 2010. El derecho estampó su rúbrica en una extensión a través de la cual ganará $20 millones por año en cada una de las campañas del 2011, 2012 y 2013. Esa negociación incluye una opción para el 2014.
¿Y para qué necesita un equipo invertir tanta plata en un atleta que trabaja solamente cada cinco días? Eso es también bien simple. Porque con Halladay, Filadelfia tiene a un clásico #1 de rotación, ese tipo de pitcher que frena cualquier racha negativa, que inspira con su ejemplo al resto de sus compañeros de trabajo y que puede ser el baluarte monticular en cada serie de postemporada.
Un ejemplo reciente de la utilidad de Halladay como pitcher de altura se produjo precisamente al lanzar su juego perfecto en Miami.
Para el momento de ese cotejo, Filadelfia necesitaba de una actuación monstruosa de su derecho estelar porque el equipo no estaba bateando y el hombre de las Montañas Rocosas se lo ofreció con creces. Tanta validez tiene este punto, que al día siguiente los campeones reinantes de la Liga Nacional fueron derrotados 1-0 por los propios Marlins.
Claro está, como cualquier pelotero brillante, es humano este pitcher que tiene más victorias entre todos sus colegas de las Grandes Ligas desde comienzos de la temporada del 2002 hasta el momento de escribirse esta columna (137). Por ende, puede ser humillado por los bateadores de vez en cuando, pero sus numeritos del 2010 sugieren que eso pasa muy rara vez.
Tras su juego perfecto, quedó en 7-3, con efectividad de 1.99. Más impresionante es el hecho de que solamente toleró tres carreras limpias en la suma de sus primeras cuatro aperturas del 2010. Por si fuera poco, ya lleva cinco juegos completos y en nueve de sus 11 encuentros ha lanzado siete innings o más.
Y con la clase de apoyo ofensivo que tendrá en Filadelfia, un equipo que –pese a su anemia colectiva reciente- suele aterrorizar a palo limpio al resto de los equipos de la Liga Nacional, no tendría nada de raro que pudiera ser el primer pitcher de ese equipo que gana más de 25 juegos en una temporada desde que el gran zurdo Steve Carlton se apuntó 27 éxitos en 1972.
¿Lanzará Halladay otros no-hitters? Eso es bien difícil de vaticinar. Cualquier elevadito bien ubicado o algún roletazo que lleve ojos en ruta hacia los jardines puede ser un imparable cuya presencia en el box score no refleje la clase de dominio que pueda tener un pitcher en un juego determinado.
Una cosa es bien cierta, empero. Muy pocos tienen la capacidad tal que pueda anticipar un gran gran juego cada vez que se paren en la lomita. Halladay es uno de ellos.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


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