El Mundo Es Un Diamante: Un Banco Suizo Llamado Rivera



Los juegos los deciden los héroes en el diamante, pero los títulos los ganan los equipos.

Mariano Rivera sería el primero en quitarse el sombrero por el esfuerzo de todos y cada uno de sus Yankees de Nueva York, desde el propietario, George Steinbrenner, hasta el más humilde de los carga bates, por el 27mo título absoluto en la historia de la famosa franquicia hilvanado ante unos Filis de Filadelfia que fueron rivales de postín desde el primero hasta el último out.

Pero desde la humilde tribuna de un observador de este deporte tan hermoso llamado béisbol sí se puede asegurar que el ex pescador panameño ha sido quizás el máximo baluarte, la principal razón del porqué los Yankees se han mantenido a nivel competitivo a lo largo de las últimas dos décadas.

En una era en la que el cuerpo de relevo es elemento clave de la victoria en el Béisbol de Lujo, en una etapa en la que son muchos los serpentineros que se derriten a la hora buena, Rivera es un cheque al portador, un pitcher más seguro que un banco suizo.

Hideki Matsui fue el Jugador Más Valioso de la recientemente finalizada Serie Mundial, CC Sabathia y Alex Rodríguez reciben reconocimientos a granel por pasar de ser villanos a héroes en la postemporada, y otros pentacampeones como el lanzador abridor Andy Pettitte, el paracorto Derek Jeter y el receptor boricua Jorge Posada reciben crédito enorme por sus respectivos aportes.

Todos lo merecen. No se les puede escatimar nada. Hacen falta héroes para ganar campeonatos. Y ellos lo han sido, algunos a largo plazo, otros en el calor del momento.

Sin la seguridad de Rivera al final del camino, empero, no estuviera corriendo la champaña a borbotones por La Gran Manzana. Y es muy factible que ese período mágico iniciado en 1996, hilvanado hasta el 2000 -con la sola interrupción de aquel glorioso 1997 de los Marlins de la Florida-, y reanudado en el 2009, nunca se hubiera producido.

Los números de Rivera – 526 juegos salvados en temporadas regulares, siete campañas con 40 o más rescates, efectividad menor de 0.75 en 88 partidos en playoffs, etc, etc, etc – son de por sí impresionantes, pero no llegan a dibujar el panorama completo de lo que equivale el pitcher panameño para los Yankees.

Imagínese usted lo que significa para un almirante el tener que navegar un buque sin inconvenientes a lo largo de un río frondoso solamente para que su embarcación se caiga estrepitosamente por una feroz cascada por no contar con un timón seguro al que pueda aferrarse al final de la fuerte corriente.

Eso es lo que pasa constantemente a esos equipos que no tienen un ancla capaz de sostener el esfuerzo del resto de su plantel y por ende las victorias se les escapan a sus respectivas novenas como si fuera agua escurriéndosele de entre los dedos.

Hay que ver cómo cambia la perspectiva de juego para todo un equipo cuando sabe que puede sumar una ventaja con la confianza de que tiene una red confiable a donde caer a la hora de las jaquecas.

Con Rivera no hay cascada que valga, no hay crisis de última hora, no hay ninguna razón para que nadie se coma las uñas hasta los codos. Con Mariano a bordo, sus compañeros pueden atravesar las tinieblas de los outs más difíciles del béisbol hasta con los ojos vendados sin temor a ser atropellados.

Cuando este serpentinero llega a la lomita con ventaja en los episodios finales de un juego importante es como si el cotejo ya hubiera terminado. Solamente falta que cada uno de sus envíos sea coreado por su público, que cada uno de los outs sea vitoreado como lo hace el soberano a cada pase de capa de los grandes toreros.

Si le tirasen flores al diamante a Rivera por cada juego importante, tendría en su casa una rosaleda de aquí a la eternidad.

Lo más interesante de esta fascinante efectividad de Rivera en los instantes de apremio, esos momentos en los que cada bateador multiplica su concentración y la zona de strike se convierte en un rompecabezas bien difícil de descifrar para pitcher y artillero, es que el veterano que cumplirá 40 años de edad el 29 de noviembre trasciende las barreras de su propia especialidad.

En una era en la que los taponeros trabajan casi exclusivamente el último episodio, Rivera siempre está dispuesto a sacar 4,5,6 ó más outs en las series cruciales, a sabiendas de que sobre sus hombros puede marcarse la diferencia entre que su buque se vaya por la cascada o se mantenga a flote exitosamente.

Para que se tenga una mejor idea de la importancia que significa tener un banco suizo como Rivera al final del camino valga extraer algunos ejemplos de lo que ocurrió con algunos de sus colegas, otros especialistas de ese arte tan difícil, en el resto de la postemporada que acaba de expirar.

Joe Nathan y Brian Fuentes, los hombres que lograron las máximos totales de juegos salvados en las Ligas Mayores a lo largo de la temporada del 2009, temblaron como la brizna de paja en el viento y su ineficacia a la hora buena le resultó bien cara a los Mellizos de Minnesota y Angelinos de Los Angeles de Anaheim, respectivamente. Curiosamente, ambos fueron tocados por jonrones de Alex Rodríguez para igualar el marcador en partidos que a la postre fueron ganados por los Yankees.

Huston Street, quien disfrutó de una temporada de ensueño con 35 rescates en su debut con los Rockies de Colorado luego de ser canjeado por los Atléticos de Oakland en el receso entre temporadas, acarició en sus efectivas manos y en las propias montañas rocosas la oportunidad de cambiarle la estructura a toda la postemporada en la Liga Nacional, pero los Filis se lo comieron vivo pese a que heredó la lomita con una ventaja de tres carreras y solamente necesitaba de un strike para apuntarse un salvado crucial en la respectiva Serie Divisional.

Jonathan Broxton, cerrador de los Dodgers de Los Angeles que se apuntó 36 salvamentos en el 2009, volvió a patinar por segunda postemporada seguida frente a los Filis y lo que pudo haber sido una victoria que su equipo le entregó en bandeja de plata se quedó en ojalá, tal vez, quizás. En su falta de efectividad naufragó el buque blanquiazul y lo que habría significado un éxito que asegurase el retorno de la Serie de Campeonato a California solamente fue el principio del final para su plantel.

El propio Brad Lidge, quien se fue de 48-48 en un 2008 con los Filis, no fue ni la sombra de aquel relevista tan efectivo y baluarte de los campeones absolutos de la pasada temporada y aunque salvó tres encuentros al inicio de los playoffs del 2009 también sucumbió ante la presión de la Serie Mundial.

Ninguno de estos caballeros del rescate pasa inadvertido en la pelota actual. Todo lo contrario, son o han sido hombres capaces de echarse al hombro a sus equipos en un momento determinado.

No obstante, ninguno de ellos es un Rivera, ninguno es un banco suizo, un cheque al portador de la talla del súper veterano de los Yankees.

Y lo grande de todo esto es que Rivera lo ha logrado año, tras año, tras año, sin pedir ni dar cuartel, contra viento y marea, y prácticamente con un solo lanzamiento en su repertorio, esa recta cortada o “cutter” que descubrió por casualidad en 1997 cuando practicaba en el bull pen con su paisano Ramiro Mendoza.

Desde la época en la que se dio a conocer como el hombre que le preparaba el camino a John Wetteland en aquellos Yankees que ganaron la Serie Mundial de 1996 hasta los actuales momentos de gloria como cerrador de lujo, ha sido un seguro fabuloso para los Bombarderos del Bronx.

Mariano, un hombre de profunda fe religiosa, denomina su recta cortada como un regalo de Dios. Si eso es así, estos Yankees campeones por 27ma vez pueden conceptuar a Rivera como su bendición divina, su cheque al portador, su banco suizo.

Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza

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