El Mundo Es Un Diamante: Un Idolo Natural Llamado Sandoval
Tres aficionados gozaban de lo lindo en las tribunas. No les importaba estar de visita en el parque del equipo archirrival al suyo. Tenían en la mira a la presa de sus bromas y eso era más que suficiente.
“¿Traes [tienes] hambre?, aquí te tenemos una hamburguesa”, gritaba uno, mientras los otros se reían a mandíbula batiente.
El pelotero fildeaba roletazos antes del juego, pero sabía que las bromas iban dirigidas a su robusta persona. Lejos de irritarse, los observó desde la inicial, les devolvió una sonrisa, terminó de hacer su trabajo y los saludó al pasar por ese sector rumbo a la cueva. Se había ganado el corazón de los que pretendían arruinarle la tarde.
Los aficionados eran de los Dodgers de Los Angeles, equipo enemigo a muerte de los Gigantes de San Francisco. Por supuesto, el jugador era Pablo Sandoval, nueva figura latina en las Grandes Ligas.
Sandoval es precisamente eso. Una figura impactante, uno de esos deportistas que no solamente se hace respetar y querer por la fanaticada de su equipo sino que también deja huella imborrable entre sus oponentes. Es el clásico ídolo natural.
Con solamente 23 años a cuestas, Sandoval se prepara a iniciar la que será su segunda campaña desde la arrancada en el Béisbol de Lujo y la fanaticada apenas puede esperar para verlo de nuevo.
Dotado del necesario talento para ser figura por muchos años en las Grandes Ligas, es más que un excelente pelotero debido al entusiasmo y la pasión que irradia por ese amor a la camiseta que se desborda hacia las tribunas. Y es que llega al corazón de manera instantánea e impactante.
Sus zambullidas sobre el área de los fotógrafos o los tubos que separan el banco del terreno en intento por capturar la pelota, la forma como corre las bases, la ingenua combinación de inflar un globo con su goma de mascar instantes después de una jugada, hasta la manera como festeja el éxito de sus compañeros, son cosas típicas de un pelotero que nos permite recordar que el béisbol es un juego después de todo.
Es el tipo de beisbolista a quien no le importa donde lo pongan en el terreno o donde lo ubiquen en la alineación con tal de jugar. Este joven venezolano despliega un cariño tal por el béisbol que contagia a todos los que le rodean, bien sea sus compañeros, la prensa, la fanaticada, hasta sus rivales.
Si por él fuera hubiera jugado este año con o sin lesiones cada encuentro en las Grandes Ligas, en una gira internacional de peloteros que se haría después de la temporada y en todo el campeonato venezolano con los Navegantes del Magallanes, uno de los equipos más populares de Latinoamérica.
Pese a ser un profesional dedicado al béisbol, no deja de ser un jovencito con la efervescencia de un chamito (así le dicen a los niños en Venezuela) que acaba de recibir un guante como regalo de Navidad.
“Kung Fu Panda”. Así le puso el veterano abridor zurdo Barry Zito. Y así se ha quedado entre los aficionados de la Bahía.
A veces se le ve llegar a su locker o compartimiento de vestidor rebotando una pelota de fútbol, sudoroso, luego de divertirse un rato con sus compañeros. Y siempre anda buscando la forma de gastarle sanas bromas a todos los que le rodean.
Por supuesto, la fanaticada, bien sea un niño que acude a su primer partido o un abuelito que vio jugar a Willie Mays, se desviven por su autógrafo.
Es simplemente Pablo, el agradable, el muchacho bueno, el que de la misma manera expresa su entusiasmo de manera natural como se gana el respeto de los veteranos que admiran su espíritu competitivo, su pasión por lo que para muchos es básicamente una profesión.
Y pensar que llegó a las Grandes Ligas antes de su tiempo, casi por accidente. Los Gigantes no tenían que protegerlo en su plantel hasta el 2009, pero ya Felipe Rojas Alou lo había visto en las Ligas Menores y el caballeroso dominicano no lo pensó dos veces a la hora de llamar al alto mando del equipo para recomendar su ascenso en el mismo verano del 2008.
“Ya lo van a ver”, adelantaba Alou a la prensa mucho antes de que Sandoval subiera a las Grandes Ligas..
“Usted tenía toda la razón”, le agradecería el manager de los Gigantes, Bruce Bochy, al estrecharle la mano derecha al dominicano que es asistente especial a la gerencia de San Francisco, una vez Sandoval hubiera demostrado en las Ligas Mayores que había llegado para quedarse.
Como receptor fueron las primeras experiencias con los Gigantes del joven de Puerto Cabello, ciudad del estado Carabobo –al norcentro de Venezuela- donde también nació Carlos Zambrano, baluarte del pitcheo de los Cachorros de Chicago, pero Bochy supo rápidamente que era capaz de jugar bien tanto en la primera como en la tercera base.
Sobre todas las cosas, los Gigantes y el resto del mundo beisbolero saben claramente que Sandoval batea. ¡Y de qué forma!
Un ambidextro natural, al punto de que también es capaz de tirar la pelota con la mano izquierda con exactitud y fuerza, conecta batazos por todos los rincones del parque desde que comenzó la temporada del 2008 en las Ligas Menores.
Demolió la Clase “A” con la sucursal de los Gigantes en la vecina San José, con .359, fusiló la Doble “A” con .337 al irse a la finca de Connecticut y acribilló el pitcheo de las Grandes Ligas con .345.
Cuando le lanzan adentro y batea a la zurda, donde luce tan natural como el propio personaje de aquella famosa película del mismo nombre, sacude a los serpentineros con líneas salvajes al prado derecho al punto de que uno de sus jonrones del 2009 frente a los Filis de Filadelfia se fue claramente a la ensenada vecina al A&T Park. Si le trabajan afuera, lo mismo la puede sacar por el bosque izquierdo o sacudir un doblete atravesado.
A la derecha, puede jugar billar con los lanzadores conectando la pelota en contra de su banda o noquear al antesalista con una línea silbante al bosque izquierdo.
Su capacidad como bateador es tal que a nadie le debería extrañar que cuando llegue a su tope -una vez domine por completo el arte de hacer swing en mejores conteos-, sea capaz de promediar consistentemente sobre .300 con 30 jonrones y 100 carreras impulsadas por temporada.
Curiosamente, era uno de esos casos en los que un latinoamericano brillaba en la Gran Carpa mucho antes de que lo conocieran en su patria. Debido a su éxito del 2008 en la tierra del Tío Sam, desde Venezuela clamaban por sus servicios.
No es fácil para nadie debutar a lo grande ante sus aficionados. Con razón existe esa frase “nadie es profeta en su tierra”, pero se dispuso a probar que podía brillar de buenas a primeras en la liga invernal venezolana. Y se ganó el corazón de sus paisanos con su juego alegre y un fornido porcentaje de .396 con los Navegantes.
De vuelta a los Estados Unidos para el 2009, ya se había multiplicado el cariño por el pelotero al punto de que muchos aficionados acuden al parque disfrazados de panda. Su franela #48 ya se ha convertido en un imperativo para los que compran mercancía alegórica.
Cuando estuvo bien cerca de ganarse del Juego de las Estrellas, la fanaticada lo apoyó con sus votos, bien fuera en persona o por Internet, en los parques de las Grandes Ligas o desde su querida Venezuela.
Al quedarse corto, nunca se amargó. Más bien agradeció a todos por su apoyo. Y terminó la temporada con un vigoroso .330, segundo mejor porcentaje de la Liga Nacional detrás del .342 del dominicano Hanley Ramírez, paracorto de los Marlins de la Florida.
Los Gigantes lo felicitaron, pero también le advirtieron que antes de pensar en cualquier incursión en la pelota invernal necesitaba iniciar un riguroso plan para ponerse en mejores condiciones. Temen que el sobrepeso pueda jugarle una mala pasada a una pieza tan valiosa.
Era un nuevo reto para el agradable joven, pero lo cumplió con creces, rebajó considerablemente e hizo maletas para demoler de nuevo la pelota venezolana, con .407 en la temporada y .477 en los playoffs, como para probar que los hits no se habían desaparecido con todos los kilos que se fueron de la báscula.
Fue una de las principales razones del porqué el Magallanes tuvo una temporada tan extraordinaria que le permite soñar con su primer título desde comienzos de la década pasada y espera poner su granito de arena para que San Francisco acuda a los playoffs por primera vez desde el 2003.
Mientras Bochy planea el sistema ideal para su inicialista Aubrey Huff y el versátil Mark DeRosa, que jugará fundamentalmente en el bosque izquierdo, “Pandoval” llegará a los Entrenamientos de Pretemporada con su mascotín de primera base y su guante para la tercera almohadilla -donde es factible que juegue la mayor parte del tiempo- con el entusiasmo de siempre.
Tirios y troyanos querrán verlo, para amarlo o temerle. Esa dualidad solamente la alcanzan los atletas que impactan de lleno al soberano.
¿Por qué no? Peloteros como Sandoval constituyen la razón por la cual perdura el béisbol como pasatiempo de altos quilates.
Hasta pronto y, por favor, nunca pierdan la esperanza.


